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31 de octubre de 2015

AVALANCHA

Era tal el grado de armonía de ambos habían logrado con ese tiempo que da y resta, consagrando sus vidas en crear, crecer aceptándose, que no cabía duda que eran dos para amarse y ser felices. Había crecido el amor junto con los hijos los cuales ya eran adultos. El tiempo había pasado no sin durezas y especiales esfuerzos aunque entretejido con la dulzura de cada jornada. En algunas, ella se sentía muy útil enseñando a las más jóvenes los secretos domésticos o artesanías de las que disfrutaban. El, mientras tanto, era el jefe de cierto grupo de varones que se dedicaban a crear un mundo mejor compartido, estimulando a otros a exigir sus derechos saliendo a veces a demostrarlo en las calles. 

Por esos días habían ayudado a mucha gente de la parte baja de los cuantiosos daños que estaba ocasionando el temporal de lluvias desde hacía varios días. En realidad, los especialistas no podían hacer demasiado. Algunas familias ya habían perdido sus viviendas. O lloraban al no encontrar algún ser querido o algún niño su mascota. Se produjo un silencio angustioso cuando alguien  había comprobado que los estanques estaban cediendo a la fuerza del agua. Una noche algunos gritaban que el río descendía por la calle principal, y daba un tremendo salto un par de kilómetros más abajo donde el terreno había desaparecido. Era el caos, un cuadro de oscuro desorden y destrucción. Nuestra pareja, ya extenuada, dormía con ropa por la sobrehumana carga del día cuando le golpearon la puerta. Empezaba a clarear para mirar el espanto.

Cada uno o por familia escapaba a donde creía tener seguridad. Ya sabían que más abajo el agua, cual una bestia escapada de su jaula, caía rompiendo escalas que se habían hecho para la gente mayor. Caer por ahí era una muerte inevitablemente cierta. Sin embargo, ver a niños exigiendo auxilio desde el agua era desgarrador. Navegaban sobre un tablón o un techo o simplemente sus cuerpecitos daban tumbos, se hundían y luego aparecían. Bastó para que nuestra pareja de la historia se mirara para saber y decidir qué hacer. El solía en casos de accidentes portar y usar cordeles que sabía ocupar muy bien. Al borde, casi encima del agua, amarraron el cordel donde ella supo aguardar a su marido también amarrada. El podía moverse en una estrecho espacio. Una mujer pasó de largo pues no se movía aterida por el frío. El primer niño recuperado les provocó una gran alegría. Sus padres gritaban cogiéndolo y besándolo. El tiraba la cuerda que tenía un nudo en su extremo, lo hacía con cuidado y ella, poco más allá, sujetaba su cuerpo de cualquier parte. Fueron varias vidas recuperadas. De repente, todo comienza a moverse bajo sus pies helados. Miran hacia arriba y la gente previendo que podía pasar aquello habían subido. Tampoco intentaban ir más allá para no dejar solos a sus salvadores. Entonces ella resbala y cae sobre un techo de una vivienda que empieza a moverse. El ha quedado afirmado de su propia cuerda. Tiene alguna seguridad, pues podría seguir afirmado 
unos cuantos minutos y huir de ese infierno líquido. "Quiero que subas ahora que puedes hacerlo," le grita su mujer. Donde está su amada comienza a dar vuelta sobre el agua buscando libertad y seguir con la tragedia. El se ha sujetado mejor al grueso cordel. Mira los ojos de su compañera pues el ruido ahoga cualquier palabra que pudieran decirse. Ella hace señas y suplica con su mirada que abandone el lugar pues salvarla es inútil. En tres segundos pasa toda su vida desde que la conoció y fue su compañera y él su marido amante, y en sus tres hijos, lejanos ahora. Entonces se deja caer al agua y alcanza a coger el techo-balsa el que inexorablemente se mete en el curso del río de aguas, troncos, cuerpos, tablones, automóviles y barro y más barro. Lo cierto es que nuestra pareja abrazada formando un solo cuerpo es una luz en ese helado averno, una lámpara que arde su óleo final.



                                                                     
Autor: Vicente Corrotea A.
Fotografía de la colección de Google
                                                                                                                                                                     

6 de octubre de 2015

REVERDECER

Camino entre la multitud que ignora mi presencia o me mira como un bicho raro pues me muevo más lento y despreocupado. Ando en busca de lápices negros y de un tipo de cuadernos para mis apuntes. Voy con una sensación de ver algo novedoso y entro a una exposición en el GAM. Después de unas vueltas escojo una pintura y me siento frente a ella para descifrar su misterio y creo que lo voy entendiendo. Mi celular apagado me ronronea como un gato en busca de caricias. No puedo atenderlo. Vuelvo a dedicarme al cuadro y me da la impresión que el árbol de la pintura reverdeciera. Ya son cuatro los llamados y salgo para atenderlo. "¿Por qué no me atiendes? Estoy en el centro. ¿Quieres venir?". He pasado quieto mucho rato descubriendo que me ha faltado oxígeno, recuperando el ritmo de la andadura de la gente. Las calles son ahora ríos de sueños, de ganas de llegar al nido, de ese "¿compraste el pan o lo compro yo?" a través del celular, mientras yo casi troto tal vez para no pensar e inferir aquello que enseñaba un maestro de mi colegio: "Debe pensar cada uno si va por el camino correcto". Me siento mayor al recordarlo y ser dueño de mis acciones. En fin, como sea me estoy moviendo, ya no estaré solo y me viene bien poder confiar y comulgar con otras palabras y requerimientos, con otras vibraciones y caricias.

Siento una fruición como no hacía tiempo. Probablemente por ser un encuentro habitual y sencillo para otros, pero no para mí, resulta más intenso. Ella lo lee en mis ojos. "Solo vive. No traicionas a nadie y menos a ti mismo". Y reverdezco como el árbol.

Autor: Vicente Corrotea A.