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29 de noviembre de 2015

LA PREGUNTA


Los ricos y los pobres 
se hacen la misma pregunta
cada mañana:
"¿Qué me pongo hoy día?".


Vicente Corrotea A

20 de noviembre de 2015

QUILLOTA

De esto hace muchos años, cuando el sol era de cristal limpio y amable y, sin ninguna obediencia horaria, descifrábamos mensajes en las nubes tirados de espaldas sobre el suelo. De vez en cuando, pequeños temblores y gritos todavía lejanos nos sacaban de nuestros sueños infantiles y corríamos a guarecernos ante el paso del ganado bovino que cabizbajo era llevado al matadero. Los mayores también debían meterse en sus casas lo que después provocaba grandes discusiones por la inconveniencia de que estos animales, que cubrían calles y aceras, siguieran atravesando nuestras cotidianas vías. A los niños empero nos satisfacía el riesgo y que nuestros padres y vecinos nos urgieran a entrar en nuestras casas.










Cuando entrábamos, normalmente la casa estaba perfumada si mamá se encontraba haciendo algún guiso o algún postre o cociendo el pan. Era el tiempo en que todo se hacía dentro de casa, desde la mayonesa, el queso, el pan. Yo me sumía imaginando que vivía en un castillo blanco de gruesos muros de adobe, tal como leía en los libros que guardaba mamá a los cuales tenía acceso por haber aprendido a leer. Desde luego no existían los grandes almacenes ni productos concentrados y las verduras casi siempre se encontraban en nuestra huerta. La llamada para acudir al almuerzo era naturalmente obedecida, siendo el mayor de mis hermanos mamá siempre me inculcaba que debía ser ejemplo y lo era en verdad.


Había secretos entre mi madre y mi padre lo que no me importaba pues yo también tenía los míos como, por ejemplo, que mamá siendo muy cooperativa con las vecinas, le disgustaba la señora que lindaba su casa a los pies de la nuestra porque hurtaba nuestras gallinas pues argüía que si se las pidiera ella se las regalaba. Mi secreto era que "la señora de los pies" tenía un perro pequeño con el cual jugaba aunque me estaba prohibido. Eramos amigos y nos encontrábamos en el fondo del patio para intercambiar algunas caricias.



Mamá había avivado mayormente su hábito de ir a la iglesia de San Francisco después que nuestro padre partiera un día sin regresar a casa. Fue una vez en que mi madre seguía una novena y mis hermanitos dormían cuando me atreví ir a calle Condell por donde pasaba el tren transportando pasajeros o maderas o sacos de cemento. Dejar la casa sin la anuencia de mi madre, aunque fuera por poco tiempo, era ya una aventura en mi corazón de niño. Allí estaba el monstruo, haciendo mover la tierra -así me parecía- y si no echaba fuego por su boca por lo menos la cantidad de humo era grandiosa, la que me cubrió esa vez por algunos minutos tras los cuales sentí el sacramento de haberme iniciado como un niño pillete, sin poder colegir en el momento si había ganado o perdido algo en mi vida y, así, mi pueblo se hizo más pequeño y empecé a colonizarlo. Eso creí yo. Después, con el tiempo, descubrí que Quillota, mi pueblo por entonces, me había conquistado.


Autor: Vicente Corrotea A.

Fotografía colección de Google

31 de octubre de 2015

AVALANCHA

Era tal el grado de armonía de ambos habían logrado con ese tiempo que da y resta, consagrando sus vidas en crear, crecer aceptándose, que no cabía duda que eran dos para amarse y ser felices. Había crecido el amor junto con los hijos los cuales ya eran adultos. El tiempo había pasado no sin durezas y especiales esfuerzos aunque entretejido con la dulzura de cada jornada. En algunas, ella se sentía muy útil enseñando a las más jóvenes los secretos domésticos o artesanías de las que disfrutaban. El, mientras tanto, era el jefe de cierto grupo de varones que se dedicaban a crear un mundo mejor compartido, estimulando a otros a exigir sus derechos saliendo a veces a demostrarlo en las calles. 

Por esos días habían ayudado a mucha gente de la parte baja de los cuantiosos daños que estaba ocasionando el temporal de lluvias desde hacía varios días. En realidad, los especialistas no podían hacer demasiado. Algunas familias ya habían perdido sus viviendas. O lloraban al no encontrar algún ser querido o algún niño su mascota. Se produjo un silencio angustioso cuando alguien  había comprobado que los estanques estaban cediendo a la fuerza del agua. Una noche algunos gritaban que el río descendía por la calle principal, y daba un tremendo salto un par de kilómetros más abajo donde el terreno había desaparecido. Era el caos, un cuadro de oscuro desorden y destrucción. Nuestra pareja, ya extenuada, dormía con ropa por la sobrehumana carga del día cuando le golpearon la puerta. Empezaba a clarear para mirar el espanto.

Cada uno o por familia escapaba a donde creía tener seguridad. Ya sabían que más abajo el agua, cual una bestia escapada de su jaula, caía rompiendo escalas que se habían hecho para la gente mayor. Caer por ahí era una muerte inevitablemente cierta. Sin embargo, ver a niños exigiendo auxilio desde el agua era desgarrador. Navegaban sobre un tablón o un techo o simplemente sus cuerpecitos daban tumbos, se hundían y luego aparecían. Bastó para que nuestra pareja de la historia se mirara para saber y decidir qué hacer. El solía en casos de accidentes portar y usar cordeles que sabía ocupar muy bien. Al borde, casi encima del agua, amarraron el cordel donde ella supo aguardar a su marido también amarrada. El podía moverse en una estrecho espacio. Una mujer pasó de largo pues no se movía aterida por el frío. El primer niño recuperado les provocó una gran alegría. Sus padres gritaban cogiéndolo y besándolo. El tiraba la cuerda que tenía un nudo en su extremo, lo hacía con cuidado y ella, poco más allá, sujetaba su cuerpo de cualquier parte. Fueron varias vidas recuperadas. De repente, todo comienza a moverse bajo sus pies helados. Miran hacia arriba y la gente previendo que podía pasar aquello habían subido. Tampoco intentaban ir más allá para no dejar solos a sus salvadores. Entonces ella resbala y cae sobre un techo de una vivienda que empieza a moverse. El ha quedado afirmado de su propia cuerda. Tiene alguna seguridad, pues podría seguir afirmado 
unos cuantos minutos y huir de ese infierno líquido. "Quiero que subas ahora que puedes hacerlo," le grita su mujer. Donde está su amada comienza a dar vuelta sobre el agua buscando libertad y seguir con la tragedia. El se ha sujetado mejor al grueso cordel. Mira los ojos de su compañera pues el ruido ahoga cualquier palabra que pudieran decirse. Ella hace señas y suplica con su mirada que abandone el lugar pues salvarla es inútil. En tres segundos pasa toda su vida desde que la conoció y fue su compañera y él su marido amante, y en sus tres hijos, lejanos ahora. Entonces se deja caer al agua y alcanza a coger el techo-balsa el que inexorablemente se mete en el curso del río de aguas, troncos, cuerpos, tablones, automóviles y barro y más barro. Lo cierto es que nuestra pareja abrazada formando un solo cuerpo es una luz en ese helado averno, una lámpara que arde su óleo final.



                                                                     
Autor: Vicente Corrotea A.
Fotografía de la colección de Google
                                                                                                                                                                     

6 de octubre de 2015

REVERDECER

Camino entre la multitud que ignora mi presencia o me mira como un bicho raro pues me muevo más lento y despreocupado. Ando en busca de lápices negros y de un tipo de cuadernos para mis apuntes. Voy con una sensación de ver algo novedoso y entro a una exposición en el GAM. Después de unas vueltas escojo una pintura y me siento frente a ella para descifrar su misterio y creo que lo voy entendiendo. Mi celular apagado me ronronea como un gato en busca de caricias. No puedo atenderlo. Vuelvo a dedicarme al cuadro y me da la impresión que el árbol de la pintura reverdeciera. Ya son cuatro los llamados y salgo para atenderlo. "¿Por qué no me atiendes? Estoy en el centro. ¿Quieres venir?". He pasado quieto mucho rato descubriendo que me ha faltado oxígeno, recuperando el ritmo de la andadura de la gente. Las calles son ahora ríos de sueños, de ganas de llegar al nido, de ese "¿compraste el pan o lo compro yo?" a través del celular, mientras yo casi troto tal vez para no pensar e inferir aquello que enseñaba un maestro de mi colegio: "Debe pensar cada uno si va por el camino correcto". Me siento mayor al recordarlo y ser dueño de mis acciones. En fin, como sea me estoy moviendo, ya no estaré solo y me viene bien poder confiar y comulgar con otras palabras y requerimientos, con otras vibraciones y caricias.

Siento una fruición como no hacía tiempo. Probablemente por ser un encuentro habitual y sencillo para otros, pero no para mí, resulta más intenso. Ella lo lee en mis ojos. "Solo vive. No traicionas a nadie y menos a ti mismo". Y reverdezco como el árbol.

Autor: Vicente Corrotea A.

28 de septiembre de 2015

MI HABITACION

Poseo una pequeña sala donde puedo escribir, leer y empecinarme hacer mejor lo que hago. Y para guardar ordenadamente mis libros que no todos podrán ubicarse en esta habitación. He ido regalando aquellos que ya he leído y otros que son pedido por mis amigos.  

Sin embargo, he comenzado a sentir cierto pudor. 
He estado escribiendo en mis dos blogs y otros espacios en internet como así mismo guardo temas en mis archivos que pudiera compartir alguna vez. Si bien es cierto que tengo acá un espacio exclusivo no soy de instalarme delante de mi ordenador y ocuparlo como trinchera. Puedo decir que estoy insertado en el mundo que vivo, estoy con la gente y me percato de sus sueños, sus alegrías e infortunios. Definitivamente amo este oficio de escribir como me parece detestable la escasa ética en los sectores de alta responsabilidad comunicacional.

¿A qué viene entonces el pudor? 
Es que lo que escribo no es tanto fruto de mi inteligencia sino una mezcla de tozudez y esfuerzo. Reconozco que siempre fui de los primeros alumnos cuando niño y estudiando en dos ocasiones en la universidad. Un día tuve que admitir que no era tanto por mi natural talento sino por mi esfuerzo en los estudios. Simple. Pero, honestamente, nunca tanto para decaer en mi trabajo aunque me falta -creo yo- ese motor que tienen muchos. Bueno, los de signo Virgo somos amantes de los detalles, sabemos concentrarnos y solemos tener un mayor sentido de la belleza y del orden. Dicen. Además, que si somos Caballo en el zodiaco chino la cosa es más seria. (Esto lo he agregado para que no se crea que estoy triste pues hay muchas cosas que realizo que otros no hacen. Así la vida busca el equilibrio). Advierto, sí, que hay temas "que no me salen". Quiero decir, que no les doy la profundidad que merecen y eso, en algunos casos, salta a la vista.

Considero que más que la habitación de cuatro paredes -que pintaré luego durante la primavera- es la vida interior la verdadera morada donde viven las ideas, palabras, proyectos y sueños, donde también los amores cercanos conviven con los distantes, la claridad de hoy con los pasados recuerdos, las miradas con las nostalgias. Esto lo sabemos todos pero es bueno recordarlo.

Hasta pronto.

Autor: Vicente Corrotea A.
Imagen de la colección de Google.

21 de septiembre de 2015

CUMPLO 73

Hoy, día 22 de septiembre, cumplo 73 años. Y la verdad es que no estoy muy contento. Todavía recuerdo que cuando cumplí 60 años me aseguraron que desde los 65 tendría un ramo de proyectos de esos que rebasan el alma, que dormiría lo que quisiera, que escribiría con tranquilidad y tiempo en el ordenador, que iría al cine cuando quisiera, que leería un libro al mes por lo menos, ah y que dejaría de trabajar por las sucias monedas pues ya tendría arreglado mi presupuesto. ¿Quién dijo que a esta altura de la vida sólo sabría apreciar lo bello, lo equilibrado de la sociedad, su justicia y equidad en políticos, empresarios, curas y policías esforzados, fundando nuestras relaciones en que la ley es igual para todos?.

¡Son 73 años! Me resisto a considerar esta cantidad, es que tengo mucho menos no sólo porque corro en el metro ni porque no ocupo la escala mecánica. ¿Se puede medir el transcurso de los años?. No. Los años o la vida no pueden medirse, a lo mas -ayudado por mi calculadora- saber que tengo 26.663 días sumando uno más por cada año bisiesto. Definitivamente el largo de la vida no puede medirse ni por las experiencias, ni por la felicidad o el sufrimiento cosechados, ni por la entrega desinteresada a los demás sean cercanos o lejanos, ni por las veces que he perdonado, ni por los logros o las equivocaciones, ni por los sueños o lo que espero.

Trato de ser comprensivo con el tipo de barba blanca que veo cada mañana frente al espejo. Luce ojos cansados, pierde cabello por la nuca y le crece por otros lados. A veces lo escucho hablarme. "Oye, has perdido otro poco de humanidad. ¿Cómo van tus ejercicios y caminatas, Vicente? ¿Ha vuelto ese dolorcillo a la región lumbar?". Me fastidia el espejo con su impertinencia. No escribiré lo que hoy me dijo.

Justo tengo hora a las 14:30 horas para hacerme un chequeo médico. Te lo prometo. Espero recibir buenas noticias, y para no me veas como el próximo suicida voy a celebrar estos 73. 

Autor: Vicente Corrotea A.

13 de septiembre de 2015

DUELE NO ESCRIBIR

Me he permitido no escribir por un tiempo poemas ni otros trabajos, obligándome a no recoger esas ideas entre las hierbas de palabras que saltan como insectos que suelo atrapar en mi cuaderno de apuntes.


Sí. Quiero sentir cuánto duele no escribir y restarle sueños a la vida, indagando si valen las emociones de crear, la operación de escribir, y de otorgarme el placer de construir ese como pequeño huerto íntimo de condimentos, verduras y otros, fabricando compostas, manteniendo la tierra fresca y aireada, regocijándome cómo crece el perejil, el ciboulette y más allá los jazmines. También saber arrancar en el papel lo que no sirve, las hojas secas, las hierbas y gusanos invasivos. (Ciertamente he escrito una decena de veces en un cuaderno, anquilosado por la pereza obligada y el largo olvido del invierno; Son asuntos breves como poemas, el resumen de un cuento para mi nieto Renato y relatos sin terminar). 

Me pregunto nuevamente: ¿Valdrá la pena lo que escribo y publico de vez en cuando? Mientras tanto, trabajo casi toda la semana y camino sin mochila ni cartera los cuatro kilómetros diarios recomendados.


Autor: Vicente Corrotea A.


Fotografía de la colección de Google



2 de abril de 2015

EL OTRO

Fue hace algún tiempo. El día estaba soleado. Esperaba como muchos que el semáforo nos permitiera avanzar cuando me percaté de su sombra junto a la mía. Levanté la vista para ver un rostro de indefinible edad. Me desagradó su olor de la condenación de no poder asearse, y su ropa y zapatos estaban tan rendidos como él. Sus ojos derrengados denotaban profundas soledades y traiciones. Era el abatimiento y la improbabilidad. Lo miré una vez más para pagar mi cuota de culpa por su situación y marcharme rápidamente. 


Entonces descubrí en ese hombre a alguien conmovedoramente transparente, libre de contratos, de discursos y boatos, como de transversales y oscuros acuerdos y guarismos. Quise abandonar el pedazo de planeta sobre el cual estaba parado, retirarme tal vez enfadado, pero, por el contrario, sentí una especie de transposición sintiéndome un opaco peregrino sin tiempo, sin agenda ni estaciones. Y sin la osadía de sentirme mejor que otros. Fugazmente tuve la conciencia de quién era yo, cuánto valía, de mis sueños a los que había sido fieles y de aquellos otros que seguían pendientes. (No sé si los podré confesar algún día). Fue más: Me sentí conectado con todos los seres del universo, compartiendo aspiraciones en plena armonía. Luego pasó todo.



Mi orgullo se ha afanado en convencerme de que todo lo que pasó fue sólo una impresión, una vislumbre intuitiva. Sin embargo, con lo que me queda de mi fe en Dios y de mi confianza en hombres y mujeres, tengo una tremenda duda.



Autor: Vicente Corrotea A.

Fotografía de Google



1 de abril de 2015

SE BUSCA (Cuento)

Si el frío de la noche se siente quemando por dentro mucho más quema la soledad, especialmente a la hora en que la gente regresa a sus hogares y a los abrazos. Soy un hombre sin destino, un vago sin la sagrada prisa de los que vuelven a casa. Después de pasar la noche sobre el duro suelo del pórtico de alguna iglesia o de un banco, me levanto algo apurado creyendo que todo puede empezar a cambiar en mi vida. Entonces, cuando siento que es inútil tener sueños, hago un esfuerzo más y camino hacia el almacén de comidas para mascotas. Allí hay un aviso que me obsesiona:


Se busca perrito poodle de pelaje blanco y manchita en su cola. Renguea suavemente. Obedece al nombre de Vagabundo o simplemente de Bundo. Tres niños lo lloran por las noches. Se ofrece recompensa.



Y lo vuelvo a leer y a releer con la clave que me da el corazón:



Se busca papá perdido en medio de tremendas discusiones familiares e ingratitudes. Tres nietos que lo aman lo esperan cada noche.



Me alejo con mis lágrimas que bañan mi alma.



Autor: Vicente Corrotea A.

15 de marzo de 2015

EL ENCUENTRO



-¿Puedo compartir la mesa con usted? Están todas ocupadas hoy día... Si hablo mucho le permito me lo diga. Es algo que no puedo evitar. Pero trato de ser justa y creo que no daño a nadie. Por ejemplo, le diré que ha escogido para usted un 
perfume que le viene muy bien y la porción discreta es la justa para ser percibido.
-Me voy a permitir decirle algo frívolo: El aroma de su perfume me ha envuelto como la brisa de la tarde.
-¡Qué bello! No esperaba que pudiera expresar una opinión tan convincente y varonil... Bueno, llegado a esta parte tengo que decirle que me llamo Irene.
-Me llamo Rafael y tengo 56 años.
-Ese fue un golpe bajo como se dice. Me obliga a confesar mi edad.
-No la diga si no quiere.
-Dígame en qué rango usted me ubica.
-Déjeme tomar su mano. Debe tener entre 60 y 62 años.
-Impresionante. Tengo 61. Nadie me había hecho un cálculo tan certero. No puedo negar que me fascina esta conversación que se ha dado con algo de audacia y mas de cordialidad.
-Y ya que hemos avanzado rápido quisiera saber cómo vive usted o debería decir mejor qué trabajo realiza.
-Hace tres años que soy viuda de un gran hombre, casi perfecto. Alegre, generoso, comprensivo. Me miraba feliz y agradecido de contar conmigo. Siempre me sentí joven a su lado. Por lo que no me he sentido realmente seducida por otros hombres. En realidad, no me he preocupado pues he llegado a sentirme muy libre e independiente. Hago clase en la universidad, en mi departamento cocino para mí y me divierto hacerlo o salgo a comer afuera como ahora. Gracias a ello he podido conocerlo.
-¿Podemos tutearnos?
-Pero es muy tarde para eso. (Risas).
-Yo hago muchas cosas y lo que más me resulta agradable es lo relacionado con la música. Además de componer tengo un cuarteto donde interpretamos obras con diversos instrumentos. Además tenemos una escuela de música para niños.
-Te diré que cuando joven tuve el prejuicio de que los artistas eran de alguna manera más débiles y vulnerables.
-No más débiles pero que sí más vulnerables a las emociones, a los demás, a los niños, al dolor y a las ausencias, a la naturaleza. En general -porque no somos los únicos-apreciamos mejor la vida cotidiana como este almuerzo y lo bello de haber estado contigo.
-Creo que debo marcharme y dejarte libre
-Tengo aún un tiempo para mí que me lo doy después de almorzar. Camino a pie bordeando los jardines del parque. Hoy me toca ir a la escuela de niños.
-Quisiera acompañarte.
-Claro. ¿Puedo asirme de tu brazo? Soy ciego.


Autor: Vicente Corrotea A.


Fotografía de la colección de Google