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22 de noviembre de 2014

EL AGUIJÓN

Siento mis huesos atados, inmóviles, dispuestos para que continúe la atinada limpieza de estos pequeños habitantes entusiasmados que morirán cuando su trabajo termine. Experimento que desaparezco poco a poco mientras van quedando más lejanos regaños, muchos inconsistentes, decenas de proyectos pendientes, mi obsesión de ordenar todo. Ésto, justo o banal, estorbaba vivir a veces las pequeñas posesiones de la vida.

Siento nostalgia pues no veré el sol, atrapado como estoy en esta caja de madera. Me han puesto el terno café que a cada hora me va quedando más ancho mientras estas orugas mantienen su frenesí por todo mi cuerpo.

Fui profundamente responsable a lo largo de toda mi vida, en las tareas de dirigente sindical y en los encuentros de algunos partidos que recién florecían. Lo mismo en mis estudios en la universidad y en las clases de adultos que impartía gratuítamente. Me fascinaron los talleres de poesía en los cuales compartí con personas muy valiosas que he conservado como buenos amigos. En estas vivencias fui asumiendo una apertura a una larga etapa de maduración. Es cierto que fui caballo y fui las bridas que sostuve para no dar riendas sueltas a mis instintos, lo que he lamentado. Sin embargo, como cualquier humano, supe comunicarme, abrazar y amar. He sido capaz de descubrir el tremendo talante de la mujer, su intuición, sus palabras, su inteligencia para abordar y solucionar situaciones especialmente aquellas que tienen que ver con otras personas. Siempre he mantenido la sospecha de que los hombres, en gran medida, aún dudan de la capacidades de las mujeres.

Aquí estoy haciéndome cargo de que la muerte es parte de la vida, y vida y muerte no son de temer. La vida es una aventura y nosotros hemos llegado al planeta hace poco minutos para provocar muerte en todos los niveles. Bien, pero ésto no viene al caso sino esta ansiedad de querer moverme sólo un milímetro. No sé si han pasado días o semanas en esta oscuridad profunda en la que seguiré solo. Siento un dolor en mi cabeza, no, diría que es en un lugar de la memoria de las etapas caminadas cuando mi alma se petrificaba viendo y sabiendo de las muertes violentas sobre las calles de Santiago que por decreto enmudecían en las noches.



Un sudor frío, muy frío, me recorre el cuerpo. ¿Sudor? Nuevamente me obstino por querer moverme. Pero si estoy muerto. Un ligero temor me sacude. ¡O sea me muevo!. Salto de la cama. Camino y caigo como un bulto y vuelvo a pararme. Con la sábana pegada a mi cuerpo me meto en el baño. Bajo la ducha lloro con hartas ganas. Sólo me calmo cuando siento el aroma del café caliente y de las tostadas.
Todos se han levantado de la mesa y marchan a sus trabajos. Me quedo solo llevando el café y las rebanadas de pan a mi ordenador. Y escribo.

Autor: Vicente Corrotea A.

Imagen de Mauricio Guarino, fotógrafo.