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10 de septiembre de 2014

EL HOMBRE DEL CUADERNO

A nadie llamada la atención cuando paseaba por la ciudad con sus ropas grises como el invierno y con alguna cojera. En un momento él iba en dirección contraria a la mía cuando noté algo singular: portaba un cuaderno de esos cuya última tapa era gruesa para ayudar a escribir mejor y capturar ideas que pasan rápidas. Lo llevaba en su mano izquierda cerca del corazón como algo valioso, mientras que la derecha cargaba otras pertenencias. Seguro, entonces, que llevaría un lápiz para escribir recuerdos o nombres de mujeres que compartieron parte de su vida. Se sentó en un escaño retirado de donde los niños jugaban. Me pareció que al coger el lápiz y preparar su cuaderno su rostro esbozaba una sonrisa, una especie de epifanía que gozamos levemente los que al escribir creemos estar haciendo algo tan importante como una cuna. Me senté con aire indiferente en el otro extremo del escaño. Yo sentía algún recato en hacerlo. Se sobresaltó acostumbrado tal vez a que la gente lo rehuyera. Su mirada ansiosa circulaba entre su cuaderno y yo. Había llegado a mi ciudad natal para descansar tres días y, como lo hago siempre, había salido premunido de mi libreta de apuntes que encajaba bien en mi bolsillo. Al proponerme escribir algunas líneas el hombre del cuaderno fue sacudido por un rayo de energía y se volvió decidido hacia a mí. 
"¿Señor, usted escribe acaso?". 
Fue un dardo directo y de buena puntería. 
"Sí, aunque no siempre" 
"Mire, yo también escribo. Tengo mis libros y cuadernos pero encontré este cuaderno que fue de un estudiante de química y casi me puse a llorar pues yo fui profesor de química y por lo que sé un buen maestro. Usted se preguntará cómo ando desarreglado. Oh, perdone el abuso de confianza. ¿Puedo contárselo?. Bien. Gracias. Éramos con mi mujer y nuestra única hija una familia feliz. Un día manejaba mi auto hacia la costa. Soy muy cuidadoso para conducir pero en el camino otro coche se cruzó empujándonos hacia abajo unos cuantos metros. Cuando volví en mí me informaron que mi esposa y mi hija estaban mejor. Fue un alivio. Tenía una pierna que empezaba a soldarse de una grave quebradura y, además, fracturas en algunas costillas. Pero lo que más me dolía era no poder ver a mis dos tesoros. Un día mi hermano me confesó que mi mujer y mi hija habían fallecido en el mismo lugar del accidente. Tal vez usted no querrá escuchar ésto pero me sentí un cobarde por no suicidarme. Estuve en una clínica viviendo de calmantes que no servían de nada y me he sentido mejor caminando por las calles sin ganas de mejorar mi apariencia. No he sabido llevar una vida normal. De vez en cuando visito a una sobrina que fue regalona de mi esposa. Llego de noche a su casa, me cambio de ropa y me alimento un poco, reparo lo que esté malo en casa y vuelvo a la calle. He invadido su tiempo, señor, y me siento un poco avergonzado. Realmente no me había pasado en años. Usted sabe, la gente no quiere saber de fracasos ni de fracasados. Eh... Me gustaría si quisiera darme alguna opinión, por favor".

Me pareció que su rostro de piedra se había vuelto de carne. No quería decir algo ante una persona inteligente que ya sabría qué escucharía.

"Creo que anda por las calles buscándose a usted, dando cada pisada sobre una culpa que no tiene. Nadie tiene una solución para su sufrimiento fuera de usted mismo. Me parece que debe vivir en casa de su sobrina y volver a hacer clases".

Nos despedimos.
"Señor, me voy muy contento a casa de mi sobrina".
"Y yo muy complacido a casa de mi hermana".

Autor: Vicente Corrotea A.

Fotografía Colección de Google




6 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Un encuentro que finaliza bien es porque existe el simple hecho de querer a las personas como son, validarlas, llegar a ellas... aunque no siempre seamos aceptados. Gracias por venir.

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  2. La gente huye de los fracasados como si fueran apestados.
    Yo en cambio huyo de los triunfadores.

    Saludos.

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    1. Cuando las vidas de los cercanos o lejanos son vistas con más esmeros, nos podemos preguntar qué es ser triunfador o a qué se llama derrota. Porque ha habido fracasados e incomprendidos -y los hay ahora- que iluminan. Abrazos.

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  3. Vicente, me admira tu personalidad, que siempre mira de ayudar al que lo necesita.
    Pienso, que tu compañía le hizo mucho bien
    ERES MUY HUMANO
    Un abrazo
    Leonor

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    1. Soy un tipo sencillo y no me cuesta abordar a alguien e iniciar una plática. A veces casi están esperando tu primer paso. Te confieso que me gusta hacerlo pues siendo niño y joven fui muy tímido. Un abrazo grande para ti.

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Agradezco tu comentario franco y cortés que me invita a las novedades de tu blog.