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18 de abril de 2014

EL HABITANTE DEL PUERTO

Era su lugar más acogedor del mundo y, por supuesto, el de muchos miles de personas. Allí guardaba sus fotografías que de vez en cuando veía con su mujer y se solazaban al recordar sus fiestas, los partidos de fútbol, los niños cuando aún eran bebés y sus primeros días en el colegio. Y sus libros aunque no era buen lector y menos de su vieja biblia que reconocía no entenderla. Sentía que le daba cierto estatus espiritual más que social y de hecho guardaba mucho respeto a sus libros. En fin, recordaba un mueble, como otros, pero éste era especial pues había sido el primer regalo de boda y era, además, el obsequio de sus padres. No podía olvidarse ni de las plantas que eternamente observaban el mar azul a veces plata, especialmente en las tardes cuando danzaban junto al viento. ¿Cómo podía olvidarse del Guardián, su perro, que cuidaba su casa allá arriba en el cerro, que enseñaba a sus hijos hasta dónde salir de casa alejándolo de la quebrada? Era como su cuarto hijo y no lo encontraba. También se acordó de un ahorro que tenía para cuando la Teruca estuviese de cumpleaños pues soñaba con hacerle una fiesta y obsequiarle algo lindo.


Todo había empezado cuando sintieron que de muy lejos el viento les traía ese odiado olor a humo y fue precisamente lo que vieron, una gran humareda por allá en el cerro Ramaditas. Junto a otros vecinos corrieron para ayudar. Bajaban y subían por angostos caminos y casas de pobres y otras mejores. Pero el fuego iba y venía galopando espoleado por el viento, bajando por los barrancos matizados de árboles y arbustos que ya aguantaban años de sequía. Mientras avanzan, los vecinos venían escapando con los que creía o sentían de mayor valor. Veían que todo se quemaba. Se miró con un vecino y sin hablarse corriendo de vuelta. El humo todo lo envolvía. De pronto escuchó su nombre. Era su mujer; Solo a ella podía haber reconocido en ese infierno de gritos, tropezones y el humo que se metía a los pulmones. "No, no vayas. Nuestra casa ardió y no queda nada". Pero él volvió sin lograr llegar. No hubo lágrimas pues el calor horroroso en el alma se las había secado. Un amigo le dijo: "Quédate con mis frazadas que salvé pues mi familia está de viaje". Y bajó con él a la plaza donde había acordado estar con su mujer y los niños. Solo les quedaba la riqueza de vivir y estar juntos. Además, tenían la esperanza de encontrar al Guardián para estar todos.












Esta historia que he escrito es la que miles de habitantes de los cerros de Valparaíso. Se quemaron cerca de 3.000 casas, la mayoría hechas sin permiso, sacándole trozos a cada cerro para poner palos y levantar sus viviendas, separando cada vez la llamada brecha entre los pobres y los ricos. Además el incendio provocó la muerte de 15 personas, la mayoría ancianos que no pudieron huir.  Ha sido el peor desastre sufrido por el Puerto de Valparaíso, el mejor y el más hermoso del país y considerado Patrimonio de la Humanidad.

Vicente Corrotea A.