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16 de diciembre de 2014

EL PAN DE NAVIDAD

La fiesta de Navidad y su grandioso motivo (el nacimiento de Jesús de Nazaret que a veces se olvida) nos moviliza ansiosos a la adquisición de obsequios; Se escuchan discursos, se envían saludos. Podemos agregar árboles navideños, pesebres, luces, adornos, etc. Hay palabras llenas de formalidad; Otras, las que salen del corazón, se despliegan en el espacio y se posan en los solitarios, en los enfermos, en los que no les alcanza el dinero, en los que les falta amor. ¿Cual es la palabra que más se repite? Creo no equivocarme si digo felicidad, y no es cualquier palabra.

Parece que cuando descubrimos y reconocemos tanta descomposición social en ámbitos donde suponíamos herederos de una intachable ética; O cuando nos sentimos víctimas de tanta inequidad, es que deseamos para nosotros y para los otros recuperar este sentido de felicidad. ¿Pero, qué es la felicidad? Desde luego, no es algo superficial. La felicidad no es untable como la mantequilla sobre la tostada de la mañana. Y siguiendo este ejemplo la felicidad sería aprender a fabricar el pan, dándole a la harina, levadura, manteca, sal y agua las proporciones justas y los tiempos suficientes. Se requiere de nuestras manos calientes para acariciar la harina y sus componentes. Después, dejar el pan para que repose o haga su oración en silencio. Así el pan en el horno y nuestra existencia puesta a prueba son un tiempo sagrado de transformación, un tiempo de aprendizaje, de descubrimiento, acercamientos y despedidas, algunas veces tomando opciones libremente u otras, como el pan, aceptando algunas reglas.




Para mí la felicidad no es un regalo de Dios ni de la vida ya que ésta o Aquel nos dieron inteligencia, entendimiento, palabras, imaginación, miradas, sonrisas, brazos y manos. Al final, la felicidad la construimos para nosotros, la consumimos y la repartimos. Como el pan, ese pan nuestro de cada día.

Es mi opinión: Si vivimos estos días llenos de colores y algunas cosas nuevas, es nuestro derecho. Pero nuestra obligación es ser felices siendo solidarios que, por cierto, no sólo es tarea de un mes sino de toda la vida.


Feliz Navidad y un año restaurador.



Autor: Vicente Corrotea A.

Imagen tomada de la colección de Google




22 de noviembre de 2014

EL AGUIJÓN

Siento mis huesos atados, inmóviles, dispuestos para que continúe la atinada limpieza de estos pequeños habitantes entusiasmados que morirán cuando su trabajo termine. Experimento que desaparezco poco a poco mientras van quedando más lejanos regaños, muchos inconsistentes, decenas de proyectos pendientes, mi obsesión de ordenar todo. Ésto, justo o banal, estorbaba vivir a veces las pequeñas posesiones de la vida.

Siento nostalgia pues no veré el sol, atrapado como estoy en esta caja de madera. Me han puesto el terno café que a cada hora me va quedando más ancho mientras estas orugas mantienen su frenesí por todo mi cuerpo.

Fui profundamente responsable a lo largo de toda mi vida, en las tareas de dirigente sindical y en los encuentros de algunos partidos que recién florecían. Lo mismo en mis estudios en la universidad y en las clases de adultos que impartía gratuítamente. Me fascinaron los talleres de poesía en los cuales compartí con personas muy valiosas que he conservado como buenos amigos. En estas vivencias fui asumiendo una apertura a una larga etapa de maduración. Es cierto que fui caballo y fui las bridas que sostuve para no dar riendas sueltas a mis instintos, lo que he lamentado. Sin embargo, como cualquier humano, supe comunicarme, abrazar y amar. He sido capaz de descubrir el tremendo talante de la mujer, su intuición, sus palabras, su inteligencia para abordar y solucionar situaciones especialmente aquellas que tienen que ver con otras personas. Siempre he mantenido la sospecha de que los hombres, en gran medida, aún dudan de la capacidades de las mujeres.

Aquí estoy haciéndome cargo de que la muerte es parte de la vida, y vida y muerte no son de temer. La vida es una aventura y nosotros hemos llegado al planeta hace poco minutos para provocar muerte en todos los niveles. Bien, pero ésto no viene al caso sino esta ansiedad de querer moverme sólo un milímetro. No sé si han pasado días o semanas en esta oscuridad profunda en la que seguiré solo. Siento un dolor en mi cabeza, no, diría que es en un lugar de la memoria de las etapas caminadas cuando mi alma se petrificaba viendo y sabiendo de las muertes violentas sobre las calles de Santiago que por decreto enmudecían en las noches.



Un sudor frío, muy frío, me recorre el cuerpo. ¿Sudor? Nuevamente me obstino por querer moverme. Pero si estoy muerto. Un ligero temor me sacude. ¡O sea me muevo!. Salto de la cama. Camino y caigo como un bulto y vuelvo a pararme. Con la sábana pegada a mi cuerpo me meto en el baño. Bajo la ducha lloro con hartas ganas. Sólo me calmo cuando siento el aroma del café caliente y de las tostadas.
Todos se han levantado de la mesa y marchan a sus trabajos. Me quedo solo llevando el café y las rebanadas de pan a mi ordenador. Y escribo.

Autor: Vicente Corrotea A.

Imagen de Mauricio Guarino, fotógrafo.


10 de septiembre de 2014

EL HOMBRE DEL CUADERNO

A nadie llamada la atención cuando paseaba por la ciudad con sus ropas grises como el invierno y con alguna cojera. En un momento él iba en dirección contraria a la mía cuando noté algo singular: portaba un cuaderno de esos cuya última tapa era gruesa para ayudar a escribir mejor y capturar ideas que pasan rápidas. Lo llevaba en su mano izquierda cerca del corazón como algo valioso, mientras que la derecha cargaba otras pertenencias. Seguro, entonces, que llevaría un lápiz para escribir recuerdos o nombres de mujeres que compartieron parte de su vida. Se sentó en un escaño retirado de donde los niños jugaban. Me pareció que al coger el lápiz y preparar su cuaderno su rostro esbozaba una sonrisa, una especie de epifanía que gozamos levemente los que al escribir creemos estar haciendo algo tan importante como una cuna. Me senté con aire indiferente en el otro extremo del escaño. Yo sentía algún recato en hacerlo. Se sobresaltó acostumbrado tal vez a que la gente lo rehuyera. Su mirada ansiosa circulaba entre su cuaderno y yo. Había llegado a mi ciudad natal para descansar tres días y, como lo hago siempre, había salido premunido de mi libreta de apuntes que encajaba bien en mi bolsillo. Al proponerme escribir algunas líneas el hombre del cuaderno fue sacudido por un rayo de energía y se volvió decidido hacia a mí. 
"¿Señor, usted escribe acaso?". 
Fue un dardo directo y de buena puntería. 
"Sí, aunque no siempre" 
"Mire, yo también escribo. Tengo mis libros y cuadernos pero encontré este cuaderno que fue de un estudiante de química y casi me puse a llorar pues yo fui profesor de química y por lo que sé un buen maestro. Usted se preguntará cómo ando desarreglado. Oh, perdone el abuso de confianza. ¿Puedo contárselo?. Bien. Gracias. Éramos con mi mujer y nuestra única hija una familia feliz. Un día manejaba mi auto hacia la costa. Soy muy cuidadoso para conducir pero en el camino otro coche se cruzó empujándonos hacia abajo unos cuantos metros. Cuando volví en mí me informaron que mi esposa y mi hija estaban mejor. Fue un alivio. Tenía una pierna que empezaba a soldarse de una grave quebradura y, además, fracturas en algunas costillas. Pero lo que más me dolía era no poder ver a mis dos tesoros. Un día mi hermano me confesó que mi mujer y mi hija habían fallecido en el mismo lugar del accidente. Tal vez usted no querrá escuchar ésto pero me sentí un cobarde por no suicidarme. Estuve en una clínica viviendo de calmantes que no servían de nada y me he sentido mejor caminando por las calles sin ganas de mejorar mi apariencia. No he sabido llevar una vida normal. De vez en cuando visito a una sobrina que fue regalona de mi esposa. Llego de noche a su casa, me cambio de ropa y me alimento un poco, reparo lo que esté malo en casa y vuelvo a la calle. He invadido su tiempo, señor, y me siento un poco avergonzado. Realmente no me había pasado en años. Usted sabe, la gente no quiere saber de fracasos ni de fracasados. Eh... Me gustaría si quisiera darme alguna opinión, por favor".

Me pareció que su rostro de piedra se había vuelto de carne. No quería decir algo ante una persona inteligente que ya sabría qué escucharía.

"Creo que anda por las calles buscándose a usted, dando cada pisada sobre una culpa que no tiene. Nadie tiene una solución para su sufrimiento fuera de usted mismo. Me parece que debe vivir en casa de su sobrina y volver a hacer clases".

Nos despedimos.
"Señor, me voy muy contento a casa de mi sobrina".
"Y yo muy complacido a casa de mi hermana".

Autor: Vicente Corrotea A.

Fotografía Colección de Google




27 de junio de 2014

SURCOS

No supo qué enfermedad se había llevado a su mujer. Pudo ser el cansancio por los muchos años o algo de eso que llaman cáncer. Ahora su soledad era como un escorpión que no se decidía a poner su aguijón y terminar con la tragedia que la llevaba día y noche. Hasta el saludo de la gente de su aldea le parecía lastimero y lejano. Todos los días iba al pequeño camposanto para hacer una oración a su compañera. "Creo que pronto estaré aquí contigo". Una vez le pareció escuchar a su mujer que le decía que era ella la que lo acompañaba en sus días. "Puedes morir donde quieras y yo sabré esperarte". Entonces, como madurando una reflexión, vendió su casa al vecino más pudiente, metió algunas cosas en una bolsa, lloró y se dirigió a la estación a esperar el tren que pasaba por la tarde.


Al principio creyó que su corazón llevaba el mismo ritmo del tren viejo pero remozado, mientras miraba el paisaje conocido hasta que todo se fue convirtiendo en algo tan extraño como secreto ajeno. Le laceraba el corazón darse cuenta que no sabía cuál era su destino y que no tendría retorno ni menos porqué lo hacía. Después, la oscuridad dejaba que el tren cumpliera con el rumbo encomendado. Entretanto la vigilia de tantos días le otorgó un sueño profundo que lo acompañó hasta que una parada del tren lo despertó. Sentía que sus manos calientes de tantas jornadas estaban ahora frías, esas manos que siempre estuvieron atentas con su amada, especialmente con su cabello blanco de tiempos y convicciones. Ahora no sabía qué hacer con ellas. El tren se había detenido y era por varios minutos en una pequeña estación y estafeta, cerrada a esas horas de la noche. Consultó en qué lugar estaban detenidos indicándole que la estación y el pueblo algo distante se llamaban Surcos, nombre que le pareció una señal para pretender afincarse en esas tierras, bajándose con su bolsa. Cuando partió el tren ya estaba sentado en el único escaño ajustándose la ropa para pasar lo mejor posible el frío. Vencido por el sueño comenzó a soñar que sus manos dibujaban en la tierra naciendo su primer huerto. Surcos le parecía un buen nombre, un lugar para vivir de nuevo.

Al día siguiente lo encontraron tan quieto como el frío de invierno de esa madrugada. Había partido para abrir surcos en el cielo. Además, ya no estaba solo.

Autor: Vicente Corrotea A.

Fotografía de la Colección de Google







4 de junio de 2014

PERROS

Ya olvidé el tiempo que vivo en estas calles. Creo que no es mucho porque esta es la primera vez que una lluvia me moja. Mi pena, mi gran pena, es que ignoro porqué mi familia me abandonó. Llegué muy pequeñito. Era un cachorro tal como lo era Jaimito, el hijo menor de mis amos. Crecimos juntos jugando y entendiéndonos en mil cosas. Un día Jaimito me dio un abrazo llorando. Como no había sido amonestado por sus padres pensé que algo anormal se venía. Después la casa se fue desocupando de todos los muebles y bártulos, que yo había visto desde hace años. Hasta la pelota con la que jugaba con mi amigo. Y la casa quedó vacía como mi corazón. Luego llegaron unos maestros para realizar algunas reparaciones. Me habían dejado agua y comida para varios días. Incluso uno de los hombres me puso agua fresca que fue la última cordialidad recibida en esa casa pues huí cuando dejaron la puerta abierta.


Las calles que conocía cuando paseaba con mis amos las encontré ahora mucho más largas y anchas. Arrastraba una mezcla de ansiedad, alegría y temor de ir de un lado a otro sin que nadie me lo impidiera y saltando de espanto cuando los automóviles hacían sonar sus bocinas delante de mí. En mi primera noche en la calle me cubrió una inmensa soledad de estrellas, aunque algunos congéneres se acercaban para acompañarme. Echaba de menos mi cama, esa que ya me quedaba algo estrecha. La lavaron y se la obsequiaron para una perra que unos vecinos habían adoptados. Yo quedé esperando otra cama que no llegó.



Con el tiempo me he sentido hábil para andar de un sitio a otro. Me gusta especialmente uno donde hay algunos restaurantes. En una casa, muy cerca de allí, vive un perro que siempre estaba furioso. Cada vez que pasaba frente a su puerta se lanzaba sobre ella asustándome. Yo lo increpaba y amenazaba pues me fastidiaba su ira descontrolada. Pero una vez no saltó sobre su puerta sino que gemía suave pero profundamente. Nos miramos y pregunté: 




-"¿Qué te pasa?. ¿Te han castigado?"
-"Es que vivo prisionero en esta casa en que soy sólo un guardián. Me gustaría correr por las calles, saltar y oler por todos los rincones. ¡Y tener una novia!..."
-"¿Sabes? Llevo algunos meses en las calles y aún no he tenido novia. Tienes que pensar que en tu casa tienes agua y comida todos los días, en cambio paso dos o tres días sin comer. Además. si peleas con algún otro can o te atropellan, nadie cuidará de tus heridas. Daré una vuelta antes que llegue la noche a ver si logro algo de comer".
-"Oye, puedes regresar. Tal vez me den un hueso y puedo compartirlo contigo".
-"Es una buena idea".
-"Te confieso que ésta es la primera vez que tengo un amigo de confianza".
-"Yo también".

Autor: Vicente Corrotea A.

25 de mayo de 2014

CADENA ALIMENTICIA


Hace unos días, el gato que peregrina entre restaurantes, jardines y mis manos (cuando necesita ternura) atrapó una torcaza, siendo vilipendiado por algunos que ignoran la cadena alimenticia. Acusaron al felino de ser un "mal animal", llegando la imputación al rango moral a lo que corresponde un castigo por lo que prometieron darle de patadas al gato si se acercaba.

Ahora mi hermano gato tiene algún resentimiento conmigo por mucho que le doy comida a escondidas y acaricio su lomo. 

"Oye, yo me preocupo por tí. De veras", le he dicho.
"No digas que te preocupas sino ocúpate. Acabas de traerme un alimento que sabe horrible. Seguro que te costó barato".

Al final, siento que conozco menos a los seres humanos y me enfada que un gato me dé órdenes.

Llegaré a casa e invitaré a mi perro a pasear. El me ama y yo lo adoro.


Autor: Vicente Corrotea

En la foto: Raco, mi amigo perro.

18 de abril de 2014

EL HABITANTE DEL PUERTO

Era su lugar más acogedor del mundo y, por supuesto, el de muchos miles de personas. Allí guardaba sus fotografías que de vez en cuando veía con su mujer y se solazaban al recordar sus fiestas, los partidos de fútbol, los niños cuando aún eran bebés y sus primeros días en el colegio. Y sus libros aunque no era buen lector y menos de su vieja biblia que reconocía no entenderla. Sentía que le daba cierto estatus espiritual más que social y de hecho guardaba mucho respeto a sus libros. En fin, recordaba un mueble, como otros, pero éste era especial pues había sido el primer regalo de boda y era, además, el obsequio de sus padres. No podía olvidarse ni de las plantas que eternamente observaban el mar azul a veces plata, especialmente en las tardes cuando danzaban junto al viento. ¿Cómo podía olvidarse del Guardián, su perro, que cuidaba su casa allá arriba en el cerro, que enseñaba a sus hijos hasta dónde salir de casa alejándolo de la quebrada? Era como su cuarto hijo y no lo encontraba. También se acordó de un ahorro que tenía para cuando la Teruca estuviese de cumpleaños pues soñaba con hacerle una fiesta y obsequiarle algo lindo.


Todo había empezado cuando sintieron que de muy lejos el viento les traía ese odiado olor a humo y fue precisamente lo que vieron, una gran humareda por allá en el cerro Ramaditas. Junto a otros vecinos corrieron para ayudar. Bajaban y subían por angostos caminos y casas de pobres y otras mejores. Pero el fuego iba y venía galopando espoleado por el viento, bajando por los barrancos matizados de árboles y arbustos que ya aguantaban años de sequía. Mientras avanzan, los vecinos venían escapando con los que creía o sentían de mayor valor. Veían que todo se quemaba. Se miró con un vecino y sin hablarse corriendo de vuelta. El humo todo lo envolvía. De pronto escuchó su nombre. Era su mujer; Solo a ella podía haber reconocido en ese infierno de gritos, tropezones y el humo que se metía a los pulmones. "No, no vayas. Nuestra casa ardió y no queda nada". Pero él volvió sin lograr llegar. No hubo lágrimas pues el calor horroroso en el alma se las había secado. Un amigo le dijo: "Quédate con mis frazadas que salvé pues mi familia está de viaje". Y bajó con él a la plaza donde había acordado estar con su mujer y los niños. Solo les quedaba la riqueza de vivir y estar juntos. Además, tenían la esperanza de encontrar al Guardián para estar todos.












Esta historia que he escrito es la que miles de habitantes de los cerros de Valparaíso. Se quemaron cerca de 3.000 casas, la mayoría hechas sin permiso, sacándole trozos a cada cerro para poner palos y levantar sus viviendas, separando cada vez la llamada brecha entre los pobres y los ricos. Además el incendio provocó la muerte de 15 personas, la mayoría ancianos que no pudieron huir.  Ha sido el peor desastre sufrido por el Puerto de Valparaíso, el mejor y el más hermoso del país y considerado Patrimonio de la Humanidad.

Vicente Corrotea A.



23 de marzo de 2014

ZAPATOS ROJOS

¿Has visto un par de zapatos frustrados? Sí, frustrados, si tienes en cuenta que los zapatos son para calzarlos en nuestros pies y caminar con ellos llegando a nuestra oficina o taller, a la clase o al bar. Hay zapatos que viven una existencia oscura y dolida pues su destino no es pisar el asfalto de una calle sino permanecer dentro de un hermoso mueble especial, claro está para zapatos, pero como su dueña tiene 50, 80 o más de 100 pares es difícil ser elegido para ver "afuera" el otoño o la primavera, después de envolver los pies para llegar a un café y conversar, debajo de la mesa, con otro par de zapatos. Pero dejemos hasta acá estos análisis.



El caso que hace pocos días me encontré con un joven conocido cerca de un parque. "Aquí estoy con ganas no sólo de caminar sino de volar", me dice después de mi "¿cómo estás?" tan poco sensato y tan recurrido. Calzaba zapatos rojos. Hay mil colores de zapatillas como de zapatos femeninos pero zapatos rojos para varón es algo fuera de lo común en nuestra ciudad. Y fue más mi sorpresa cuando mi amigo me confesó desde su silla de ruedas -porque estoy hablando de una persona sin movilidad en sus piernas- que él posee 12 pares de zapatos. Con una voz que hice lo más natural posible para evitarle alguna molestia le pregunté: "¿Y por qué tantos zapatos?". "Pues porque los zapatos me recuerdan que debo mantener mi fe para seguir con la esperanza que pueda caminar un día y que mis zapatos se gasten disfrutando de la vida junto conmigo". Me dejó sorprendido. Sólo atiné a decirle: "Oye, amigo, me gustaría darte un abrazo". "Pues démelo", contestó.

Nos despedimos. Mis zapatos le desearon buena suerte a los suyos.

Vicente Corrotea A

Fotografía de la Colección de Google.

2 de marzo de 2014

CUESTA MORIRME

La verdad es que me cuesta morir. No, no. Me encuentro sano y ese es el problema. Ya pasé los 70 años  y me faltan sólo 7 mensualidades para terminar de pagar mi lugar en el cementerio o en los Parques del Recuerdo como son llamados. Son tan hermosos que da gusto morirse o dejar a alguien que ya no sopla. En eso ando por todos lados sin rosinantes ni escuderos. Y nada pasa.

Tengo ideas bien en el fondo de mí del porqué no muero todavía. Es por Lucía, sí, mi mujer. Echaré de menos la misma pregunta de todos los meses del porqué no alcanza el dinero. Aún no le cuento que quiero morirme pero si le contara me respondería "¡Cuál es el problema?". Y el problema no es porqué yo deseo la muerte sino qué cosa no me permite morir. Francamente me cuesta dejarla sola. ¿Con quién se enfadará? ¿Quién la encontrará hermosa y que se lo diga cada día? Creo que en su nuevo estado de viudez no faltará el que abra los ojos. Espero que no sea un vecino.















Un índice de que moriré pronto es que me fastidian las calles y cuadras con nombres de próceres o bomberos muertos en acción y otros desconocidos, además, con números en cada casa. Pareciera que hace siglos que nos preparamos para esta era digital. Pese a ello la gente inadvertida me desea "buen día tenga usted, don Vicente". Y más de alguno me abraza de verme vivo. Preferiría que me dijesen "Que se le nuble el día y pronto tenga una larga noche". Estaría más cerca de mis sentimientos.

Tengo un capricho: Antes de morir voy a pedir -no sé a quién- hacer el amor sobre una cama de agua pues nunca lo hice durante toda mi larga existencia, ya que siempre he confiado en mis naturales buenas artes más que en otras situaciones que alteren lo sagrado que pueda contener una relación de este tipo.

¿Estaré imaginando todo ésto? No tengo ni fiebre.
¿O estaré realmente muerto? Tal vez sí porque no salió ningún improperio de mi boca cuando el equipo se me reinició por tercera vez.

Me han dicho que después de la muerte (siendo más claro decir "después de la vida") se puede volver a dar una "vueltecita" por esta dimensión donde hay perritos y políticos satisfechos, poetas que son leídos por otros poetas, gente honesta y policías, curas que no le achuntan, palomas que ya no son castas y castas que no quieren mezclarse. Bueno, si puedo volver iré a ver a mis amigas web 2.0 que nunca pude conocer sino a través del ordenador. No se preocupen, sólo veré si usan pantuflas o calcetas hasta las rodillas en invierno, o si se mantienen con el pijama puesto durante el día. Si mi foto no sale oscura les enviaré la de mi nuevo perfil. Y no se imaginen nada más ya que mi vida fue muy sana y sobria.


Vicente Corrotea A.


Fotografía de la Colección de Google

11 de enero de 2014

MUJER MAYOR Y SEXY

Hace poco observaba cómo algunas mujeres mayores -también hombres pero me voy a referir sólo a ellas- son más sexy que otras. ¿Qué hace sexy a una mujer que ha pasado los 50, 60 y más? Cuando digo sexy pienso en una mujer interesante, digna, atractiva y con un cierto "carácter erótico", como dice el diccionario. Debe influir situaciones como su cultura, su modo de apreciar la vida, su forma de relacionarse franca y transparente. 


Permíteme comentar que hace unos seis decenios se pensaba que "el cuerpo es el templo del Espíritu Santo", lo que no voy a contradecir. Luego, la mayoría de los buenos creyentes hacía lo posible por no pecar o sea no cometer alguna falta descrita como tal por las iglesias. Hoy nos sentimos liberados de dichas preocupaciones y aceptamos en forma natural que todos poseemos nuestro cuerpo, que somos cuerpo. Somos un cuerpo con espíritu y la mujer tiene la certeza que ella es, entonces, propietaria de su cuerpo, de sus dones y limitaciones. Con una mezcla de magia y realidad se atreve a vivir plenamente y sin bochornos. Hasta no sólo se ve más joven con respecto a su edad sino es más joven pues una mujer en ese estado -como ha dicho alguien- se le desacelera el proceso de envejecimiento.



Nuevamente ¿dónde está lo sexy en una mujer mayor? En su alegría profunda de vivir, de ser como es, de no verse obligada a ocultar ciertos movimientos en la cama ni caminando por la calle, en no evitar reir a carcajadas si fuera el caso.



Ella ya no tiene la noción de pecado del pasado cuando se le exigía que pasara inadvertida. Sin embargo sería una gruesa equivocación (como podrían creerlo algunos varones) que la mujer sexy es la desenfadada que no controla sus impulsos ni su historia. No. Cuando se la conoce se descubre a una persona sin miedos pero con rectitud y serenidad, a lo que ha llegado a través de un paulatino e importante cambio de actitud responsable. Ella habita su cuerpo con sus opciones y decisiones. (Nunca será la mujer propaganda que ofrece jabones o lencerías pues ella, la de la publicidad, no acepta su presente y tiene miedo a su futuro). Sabe con quién salir y para qué o cuándo ceder o cuándo detenerse. Sabe que el otro también tiene su historia y su conciencia. Una mujer madura sexy no siente pánico de los años que ha vivido, sino más bien agradece que puedan darle mayor calidad de vida física y espiritual, una mayor comprensión de los demás. Y si se asoma el dolor de una enfermedad o el desgaste natural del bendito cuerpo, saca lo mejor de su sabiduría, junto con visitar con humildad a su médico. La mujer mayor y sexy sabe compartir las lágrimas de los demás porque se lleva bien con sus propias penas y soledades cuando llegan.

Vicente Corrotea A.