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30 de diciembre de 2013

EL PASO DE CEBRA (Cuento)

Antes me ubicaba frente a los pasos de cebra esperando impasible que la luz verde nos permitiera cruzar la avenida. Abandoné esa costumbre pues ya no soportaba que el semáforo me detuviera y que la policía cuidara que ello se cumpliera, encontrando ciertos lugares por donde paso corriendo al otro lado, lo cual me produce un placer -no lo puedo negar- entre deportivo y morboso. Si en la oficina en que trabajo en el centro de la ciudad necesitan que realice un trámite rápido allí estoy para hacerlo. Soy el mejor.


Sin embargo, cruzar como lo hago es algo difícil. Se requiere de concentración y decisión, además de la juventud que poseo pero, como lo dije, el placer es enorme. Por la ancha avenida circula una cantidad enorme de vehículos que corren para pasar la mayor cantidad de semáforos en verde. Pero aquí, en mi secreta pasada, quedan unos escasos segundos en que nada pasa. Calculo cuándo se produce ese silencio, miro al oriente y al poniente en dos décimas de segundo... ¡y a correr!. Escucho esta vez un chirrido descomunal pero yo sigo corriendo feliz, cruzo el bandejón central hasta la vereda del frente con una rapidez que no había sentido nunca. Miro hacia atrás y alcanzo a observar a un coche detenido en mitad de la calle. Yo continúo mi marcha con el júbilo que me da el placer del movimiento. Unas palomas se encuentran en los balcones y techo de los edificio y, sin darme cuenta de cómo lo hice, me encuentro en las alturas de los inmuebles. Abajo aún permanece el auto y un tipo en el suelo. Observo con más atención y veo que usa los mismos colores de ropa que yo. Estoy junto a las palomas y camino sobre los techos en estas alturas donde apenas llega el ruido de allá abajo. Nunca había imaginado tanta paz. 

Vicente Corrotea A.

Fotografía de la colección de Google

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