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7 de mayo de 2013

EL ESPEJO INEVITABLE

Amanece detrás de las cortinas. Hay silencio aparte de uno de esos ruidos lejanos en el planeta cuando me levanto después del sueño. Presiento en todo el valle miles de seres que se preparan para cumplir, cada uno, su misión escrita desde hace años o más bien siglos.
Me acerco a la sala de baño y me miro al espejo. Con algún consentido aire de desafío observo uno a uno los elementos de mi rostro, sin emociones, frustraciones ni engaños. Mi cabello aún mantiene la demora oscura de una vida sin demasiados tropiezos, sin vicios ni demasiadas quejas por el menor trozo de riqueza que tal vez he recibido. Claro, podría hacer notar mis desacuerdos con mandatos y preceptos con algún tipo de insolencia pero no con destrozos. Tal vez el amor entre mi mujer y yo no ha sido el esperado para ambos. Hemos sido el fruto, a veces amargo, de sendas historias de familias demasiadas conservadoras y de anacrónica moral. Miro mis ojos. Se parecen a los de mi madre, con sus párpados que han caído razonablemente, lo que le da a mi mirada un tono de bondad requisitoria. Me he dejado crecer mi barba, ella sí blanca por su encanecimiento.

Mi mujer aún duerme. Si el amor no era el que había soñado le he brindado empero una gran consideración, una devoción establecida por tantos años juntos. He intentado separarme, irme de casa. Otra mujer entendía mejor mis sueños y mi madurez pero no sabría vivir mejor sin mi esposa cuando los años compartidos nos daban la necesaria complicidad en los innumerables recovecos de la vida diaria. Es cierto que ella no entiende el que desde de la ventana de la cocina me conmueva mirando la lluvia y después me ponga a escribir en silencio poemas o relatos como que hubiera recibido un hechizo, aunque no creo en diosas inspiradoras sino en el trabajo conjunto de la mente y el corazón, tanto para meterme dentro de las páginas de un libro. Siento una cierta y honesta gallardía de haber llegado hasta acá y hasta creo que una constelación me ha acompañado. Estoy seguro que el no haberme preocupado del calendario me ha permitido llegar hasta esta mañana de otoño, hasta este espejo implacable y veraz que ojalá no tenga memoria pues, si la tiene, se acordará que mi naturaleza corporal era de mayor volumen y vigor. Cuando niño alguien me dijo que al llegar a la juventud ganaré y perderé; y cuando llegue a ser mayor, ganaré y perderé.

Voy a ejecutar un inventario sobre mi historia, sobre esta vida que me ha permitido ir mucho más allá de lo planificado o de lo que imaginé proyectar. Es probable que no haya realizado un par de acciones que, al hacerlas, merezcan una última sonrisa hasta después de volverme viejo.

Vicente