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24 de enero de 2013

NUESTRAS ALAS

Una mujer empuja una silla de ruedas que lleva a una  joven de grave incapacidad. Porta un babero del mismo color de su ropa. Tal vez mi mirada que no es de lástima hace que la señora de unos 60 años me salude. 
-¿Es su hija?, pregunto con naturalidad. 
-Sí señor. Es mi única hija. La tuve a los 42 años. Me dicen que fue por eso...
-¿Y usted se siente culpable?
-He pensado tanto en ello que no logro quitarme ese sentimiento de encima. Es como un dolor que tengo que soportar.
-¿Qué pasaría si un sanador le diese a su hija todo lo que una mujer joven tiene por el solo hecho de vivir, como andar con sus piernas, pensar, comunicarse, viajar, amar?
¡Oh, señor, no me haga soñar demasiado!
-¿Si ella fuera autovalente, anduviese por las calles, abrazara a los niños y a los árboles y se durmiera con mil preguntas, estaría dispuesta a mostrarle el mundo, no sólo su mundo sino el extenso mundo de los humanos?
-Creo que lo haría. Tendría que aprender.
-No la veo tan segura... ¿Y, más aún, si ella tuviera alas para desarrollar emociones distintas a las suyas, si conociera otros rostros y el don de la amistad y del abrazo fecundo, estaría usted feliz?.


-Nunca la pensé con alas. Más bien que ella es una carga que debo cuidar o, mejor pensado, una misión. La he bañado desde que nació. Ella depende de mí.
-¿Y usted no depende de ella? (Llantos).
-Sé que no encontraremos ningún sanador. Pero me doy cuenta que no debo orar preguntándole a Dios porqué mi hija no tiene alas como todas las demás. ¿Sabe? Empiezo a entender que no debo guardar ese sentimiento de culpa que me ha taladrado el corazón. Más aún: Siento que mi hija sí tiene alas y que yo tengo que recuperar las mías. Perdone, es que se me ha pasado la hora de su baño. 
-Bien. ¡Buenas noches!