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18 de noviembre de 2012

LA CARTA

Antes de marcharme de mi casa en provincia para llegar a Santiago, quemé todas las cartas que me habían escrito mis pololas y algunas mías que no envié nunca. (Polola se llama en Chile a la noviecita o pretendiente). Me venía al seminario pues mi sueño era ser misionero como Francisco de Asís. Sin embargo, hubo una que quedó tiritando de miedo dentro de un libro grande del cual nadie prestó atención.
Cuando los padres no permitían conversar con una chica o un chico quedaba el recurso de una hoja de cuaderno o formalmente la esquela y su sobre. ¡Qué tiempos aquellos!...
Pudo haber sido mi imaginación, pero al acercar mi nariz aún olía levemente al perfume de la mensajera de aquella misiva. Pero no la leí pensando que ya no sentiría ahora las emociones de aquellos tiempos lejanos, de ojos, miradas, manos y cabellos frescos. Me sentí triste pues lo más cierto no era encontrar dicha carta y su desvanecido aroma y, especialmente, su mensaje que quedaría olvidado. Era más bien el misterio del tiempo transcurrido y de la distancia incalculable que me demostraba que yo era otro, que tenía otro sentido, otra mirada más inquisitiva, sin tanta gratuidad para recibir en forma pura esas emociones de adolescente.
Tomé la pequeña carta y la quemé como lo hice con las otras.
El humo -casi insignificante- subió a la altura a la manera  del de Abel, tanto agradeciendo los ingenuos años vividos, como preparando un futuro largo como mi vida, que la he ido estableciendo en lo posible con la mayor honestidad posible y amor a la belleza.
Vicente

Fotografía tomada de la colección de Google


1 comentario:

  1. Y lo conseguiste?
    El pasado pasó y en él nos apoyamos para construir le presente y caminar hacia el futuro.
    Un saludo

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Agradezco tu comentario franco y cortés que me invita a las novedades de tu blog.