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15 de agosto de 2012

LA GUMY

Era niño cuando conocí a la Gumy y la seguí viendo pues era mi vecina. Decía mi madre que tenía el doble de mi edad algo que no podía entender. Los niños del barrio se asustaban al verla y el más avezado se atrevía de mofarse de la Gumy que yo defendía. Ella vivía sobre una silla acolchada, con su cuerpo doblado parecido a esos muñequitos de madera, delgados, esperando que alguien los mueva. Su mirada revoloteaba detrás de pájaros invicibles. Era tan diferente a nosotros pero ella no lo sabía. Nadie hubiera querido ser como la Gumy.
Pasaron algunas primaveras cuando supe que la Gumy se llamaba Gumercinda. Me había ganado la confianza de su familia y el cariño de ella. Entraba a su casa después de limpiarme escrupulosamente mis zapatos pues era la única casa que tenía el piso encerado. Cierta vez que mamá me pidió comprar algo, escuché a un grupo de mujeres que la Gumy era un castigo de Dios porque, tras la muerte de su esposa, el dueño de casa se había vuelto a casar ahora con su propia empleada doméstica. "Quién sabe si ya estaba pasando algo antes que la pobre señora Martita se muriera". En esa edad no entendí los argumentos pero me dolió que "algo malo" hubiese pasado. Pero dejó de importarme puesto que sentía entre la Gumercinda y yo unos cables muy finos por los cuales corría una extraña sintonía. Se alegraba, por ejemplo, que le tocara con las yemas de mis dedos sus muñecas dobladas permanentemente como juguete torcido por niño iracundo.
Hubo un tiempo en que la puerta de la casa de piso encerado no se abrió. Yo temía preguntar por ella hasta que supe que estaba enferma. Cuando volví del colegio una tarde, mi madre con voz muy suave me contó que la Gumy había fallecido y que el cortejo al cementario había sido acompañado sólo por quienes vivían con ella más un matrimonio desconocido. Tuve una gran pena. Habría preferido alguna despedida. La Gumercinda no hablaba pero estaba seguro que me entendía. Ella sostenía mi gratitud por mi salud y yo oraba por ella para que no sufriera tanto. Por mucho tiempo pensé que mi amiga Gumy estaría danzando feliz en el cielo. La casa de piso encerado y su familia nunca fue la misma desde entonces.

Vicente

1 de agosto de 2012

LA AUSENCIA


La ausencia, esa que es larga y que duele, nos deja muchas veces en el mismo punto de despedida, parados como estatuas.

Vicente