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3 de febrero de 2012

CAMINANTES

Pareciera una paradoja ser caminantes en una sociedad que más y más nos ofrece alternativas para quedarnos frente a la TV en un mullido sillón, o si salimos fuera de casa lo hacemos en automóviles o en locomoción colectiva, rápida y cómoda, de la que carecíamos hace 20 años. Más aún, sería extraño que sirviera de paradigma a nuestra vida pero lo es. Es bueno recordar que los primeros cristianos fueron llamados "los del camino" por pregonar la "gran novedad" deambulando por todas partes. Cuando salimos de casa sabemos a dónde vamos y por dónde nos iremos. Estamos habituados. Tenemos un recorrido y una meta. La vida es ciertamente un recorrido (a veces un vagabundeo) con encuentros, descubrimientos, amores pequeños y mayores, con alegrías y triunfos. Y también desatinos, búsquedas infructuosas, soledades y sufrimientos. Siempre he pensado que el camino es más importante que la meta.

Casi siempre, y ahora a cualquiera edad, queremos formar una familia y ser feliz dentro de ella. Al poco andar aparecen los hijos pequeños, los hijos colegiales, los hijos universitarios o técnicos, los hijos casados. ¡Uf! Ahora que la casa ha quedado vacía podemos descansar y recomenzar nuestra vida y los proyectos postergados, cambiar algunos muebles y pintar la casa con colores diferentes. "Acá me queda perfecto el ordenador". "Oye, qué bueno sería un equipo de música nuevo..." En eso estamos cuando en la puerta aparecen esos personajes maravillosos que ingresan tal vez para colonizar el nuevo (¿nuevo?) territorio y van de un lado a otro para hacer algunos "arreglos". "Pero si te dije que hoy domingo vendrían los hijos con los nietos nuestros". Por lo menos, son sólo los domingos. Así pasa el tiempo y un buen día (tal vez mal día) llega una hija con su hijo. Vaya, pero si no es domingo. Su llanto, conversando con mamá, no me dice nada bueno. Ha "peleado" con su pareja, es decir, han optado por separarse, y, claro, pide regresar a "su" hogar. Una fiestecita cuando cumple los tres, los cuatro, los cinco... Y ahí te das cuenta que cargando a nuestro nieto cargamos además una porción de cansancio y algunas dolencias. "No. No es nada. Ya pasará". Y cuando te vas a duchar en la noche -que casi siempre eres el último- te das una furtiva miradita en pelotas y te das cuenta que o te sobra o te falta algo. Y si te pones valiente y acercas un poco más tu rostro -vale la pena declararlo- el espejo te mostrará inmisericorde esas huellas del tiempo que hay que aprender a soportarlas con una mezcla de nobleza, angustia y cremas. ¿Estaré muy viejo? "No. No, por favor. Es sólo un poquito menos de vitalidad, nada más". Pero al salir de la ducha, pasamos por la cocina para servirnos un vaso de leche calientepensando que nos hará dormir pronto para no escuchar al corazón algo triste y melancólico.

 No es para tanto. Yo aprendí a escuchar tangos y muchas cosas ahora de viejo, digo, de maduro. Hay momentos difíciles, es cierto, pero cada uno tiene esa luz que alumbra deshaciendo las sombras que quieren quedarse, y nos vuelven al camino fresco de la mañana. Son luces grandes o pequeñas pero son las nuestras. Para algunos es la fe, para otros es recordar los consejos maternos, o la compañía de un amigo, o el recuerdo de un amor, o el abrazo de tu nieto con un "te amo, Tata", o alguien que te dice "Me dio gusto conocerte. ¿Podemos vernos otro día?".  Así el camino diario se ilumina porque descubrimos nuestro valor y nuestro encanto, eso que es único en mí, único en tí, único en toda persona.

La vida, finalmente, creo yo, llega a convertirse en un recorrido sin prisa, como si fuera sagrado, porque es muy probable que lo sea. 

Vicente Corrotea A.

Fotografías de Alexandre Guerra y de Google