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12 de octubre de 2011

ULTIMA ESTACION (CUENTO)

Salga, dice una voz perentoria que escucho cerca de mi espalda. Le digo que salga y no se haga el tonto. Yo estoy frente a una de las puertas del vagón del metro y mucha gente quiere salir de prisa como es mi caso. Es la última estación y todos debemos abandonar el metro. ¿Va a salir o no? Frente al cristal de la puerta acomodé mi chaqueta. Mientras pasan los rápidos segundos me pongo a pensar en mi esposa; Había fallecido hacía cuatro meses y nueve días. Ella jamás habría gritado como grita esa mujer. Sí, lo único que sé es que los gritos provienen de alguien que debe necesitar ayuda. Siento un empujón que me da contra el vidrio. Suele ocurrir por la ansiedad por lo que no reclamo a nadie. Oiga, ¿no se va a retirar?. Ese es mi lugar. Esta vez el grito lo siento sobre mi hombro, y el lugar sólo me importa para salir disparado lo que me parece adsurdo que alguien me lo pida y en la forma que lo hace. Los que están detrás de mí se apartan bruscamente y recién puedo observar a la mujer, relativamente baja de estatura. No me mira pues tiene su mirada en el espacio. De repente los otros pasajeros me hacen señas como tratando de decirme algo. La mujer lleva un cuchillo cocinero en mano derecha. Yo les devuelvo la mirada para decirles porqué no le quitan el arma si están detrás de ella. Nadie de atreve. Entonces pienso en mi esposa fallecida y me veo muriendo sin dolor, sin miedo. Y me vuelvo hacia la puerta. Después de unos segundos los gritos de los pasajeros me dejan aturdido. ¿Estaré con el arma en mis costillas? No siento nada. Atino a mirar hacia atrás y veo a la mujer tirada en el suelo desangrándose. Se había metido el cuchillo por su vientre hacia arriba. Lo sé porque en una reacción institiva quise extraerle el arma para salvarla. Murió a los pocos minutos.

Tengo frío. Mi abogado me dice otra vez que el caso es difícil; Que el juez asegura que pude haber ayudado realmente a la mujer en el metro. Estoy seguro que si mi esposa estuviese viva ya estaría fuera de esta celda donde no sé porqué he llegado.


3 comentarios:

  1. Me gusto este cuento, Vicente, es inquietante, y con una paradoja que te pone a pensar,si todo es un sueño,y que es hacer lo correcto y lo no correcto, entre lo que siempre nos devatimos, sin garantia de éxito.
    Un abrazo.

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  2. A veces el silencio es uno de los gritos mas desgarradores.

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  3. Desconcertante relato. Pedir ayuda con gritos injustificados y amenazantes, son difíciles de interpretar para prestar ayuda, si, es un caso difícil.
    Un abrazo

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Agradezco tu comentario franco y cortés que me invita a las novedades de tu blog.