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24 de octubre de 2011

ESA NOCHE

Me sentía como aquellos ángeles de las pinturas antiguas que los ubicaban de lado para evitar ver toda la realidad, como yo en esta cama. Estaba detrás de mí, perfumada y lozana, esforzándose de que sus manos estuviesen temperadas. Cualquier hombre podría sentirse honrado -aunque la situación tal vez no lo fuera- de relacionarse con una mujer saludablemente atractiva. Pero me sentía estúpido de que tal vez estuviese pensando demasiado o porque efectivamente lo era.


A Selina la conozco hace algún tiempo en la oficina.  Si tiene que hablar de sí lo hace con las palabras necesarias. Es capaz de no sonreir si no tiene que hacerlo. Cuando se formalizó la salida me molestó reconocer que no recordaba de quién había sido la iniciativa. Pero, en fin, ya estoy aquí con ella sintiendo que sus manos empiezan su peregrinaje por mi cuerpo. Es como una lección avanzada de piano que no había escuchado... Y otra vez no había tomado la iniciativa. ¡Qué diablos! Después de todo olvidaría a Selina y este cuarto limpio pero ordenado con pésimo gusto. Mañana partiría temprano para visitar a mis clientes y escuchar de algunos sus pláticas innecesarias. Una sombra espesa, un aroma de cuerpo de mujer me cubría todo mi cuerpo como una mortaja. Podría dejar este rito hasta acá pero solo empezábamos. No, eso no. Creo que mi frustración que no entendía y mi rabia me hicieron más drástico y fuerte cuando un mísero destello de la luz de la lámpara del velador alumbró por unos segundos los pechos que pendían como dos planetas hermanos. El tiempo fue absuelto por el tiempo. Quise preguntarle la hora pero seguro que su reloj le hubiera mentido.

Cuando mi compañera de oficina fue al baño apagué la luz del velador más cercano. De lejos venía una canción cuya letra no entendía. Cubierto parcialmente por la sábana, sentí que corría una férvida lágrima anunciándome otra vez que mañana celebraría con mi mujer y mis tres hijos y amigos, y con la familia de mis hermanos el aniversario 21 de mi matrimonio.

Fotografía de Don MacCrae

2 comentarios:

  1. Amigo Vicente, que bonita forma de explicar una infidelidad.
    Me gusta.
    Un abrazo

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  2. A veces hasta nos sentimos culpables de ser felices.
    ¿acaso serlo es un pecado?.
    Distinto es que lo confundamos con aquello que arranca desde lo más oscuro de los impulsos.
    Pero si nace de una mirada, de una complicidad imprevista, de un pellizco en la piel eso no es un acto fallido, más bien una respuesta biológica a un estímulo. Algo quizás con tanta fuerza que anula la voluntad. La naturaleza es sabia y nos acerca a aquello que el corazón necesita. En pequeñas dosis.

    buen texto Vicente.

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Agradezco tu comentario franco y cortés que me invita a las novedades de tu blog.