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25 de abril de 2011

LIBROS Y BLOGS

Antes de tomar un libro mi madre me instaba a lavarme las manos lo que, con el tiempo, esta simple operación se convirtió en un hábito y de allí, entre páginas y páginas, en un ritual unido a motivaciones que me predispusieron a sentir un cierto fervor el encuentro de un libro elegido. Más aún, sufro la pretensión de pensarme un poco brujo cuando, apretando el nuevo libro en mis manos, me imagino al autor o autora en su goce o sufrimiento en el proceso de escribir, mientras vive sus amores, sus inviernos, su soledad y agotamiento. En cierta medida -y más si es un poeta- me declaro parte de su creación por mi oficio de lector, por lo tanto, de sus delirios, satisfacciones, enojos... Siendo niño recuerdo haber leído un libro en donde se mencionaba la existencia de siete cielos y siete infiernos. Argumentaba que los primeros eran para los justos y los segundos para aquellos impíos que habían faltado especialmente en algún pecado capital. El asunto es que de los infiernos recuerdo a dos: el clásico con brasas y fuego y otro que consistía en inmensa cloaca tan repugnante como la descripción pormenorizada que en mi edad me produjo tal desconcierto que no tuve un buen sueño por varias semanas. Hoy día sería extraño leerlo como el camino que he efectuado -como todos- desde esos años de niños hasta ahora con tantos miles de encuentros, descubrimientos y decepciones, y cuando he llegado a traducir mi experiencia de fe a través del lenguaje teónomo. En ese tiempo, en el colegio se hablaba de una labor que se denominaba pasar en limpio que simplemente consistía en escribir ordenadamente en cuadernos determinados ciertas materias que habían sido anotadas con la rapidez de las ideas o de la exposición del profesor. Así los blogs que leo asiduamente me producen esa sensación de leer trabajos en limpio o sea terminados, florecidos, madurados.



Si tuviera que resumir diría que los libros son como vadear un río   colmado o plácido mientras que los blogs son la lluvia que empapa la tierra reflejando a las nubes, los esfuerzos y los sueños.

12 de abril de 2011

MI HOMBRE ARAÑA

Mi nieto de cinco años me dice que desea ser como el Hombre Araña, del cual guardo distancia y él lo sabe. Añade que no le gustaría ser un pájaro ni manejar un avión porque lo alejaría demasiado de su abuelo. Entonces siento que un grupo de mariposas se posa en mi corazón.
Con una pedagogía algo perversa, insisto que si quiere ser Hombre Araña es para ir saltando de un edificio a otro mirando automóviles en el día y luces por la noche. Sí, eso me gusta -dice Renato- pero me gusta más ayudar, como él lo hace, a las personas que necesitan ayuda.
Ahora mi corazón, rebalsado de emociones, da otro vuelco. Es que mi nieto no sólo demuestra su amor a sus abuelos sino además le descubro su esbozo de solidaridad.
Le hago la última pregunta: ¿A qué hora comienza la serie del Hombre Araña?. Y me da un gran abrazo.