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11 de agosto de 2010

A MI AMIGA ZUNILDA

Fui invitado por unos amigos jóvenes a conocer su casa nueva de la que estaban muy orgullosos y contentos. Cimentada con muchos sacrificios, aunque no era un lujo, la casa tenía buenas proporciones y un amoblado de buen gusto. La sala de espera poseía una ventana de paño fijo con un visillo que apagaba la firmeza del sol. Sobre una mesita de arrimo un tipo de begonia de hermosas hojas me sobrecogió alegrándome. Sentí la emoción de sentirme en comunión con la naturaleza y el cosmos a través de esa planta. Esta conexión me hizo recordar que los mayores conversan con las plantas asegurando que éstas se dan más sanas y más hermosas que las que reciben sólo su ración de agua. 
A nadie le merece dudas que las plantas y árboles son seres vivos y que son parte constitutiva de este planeta que muchos aseveran -y yo lo comparto- que también es un ser vivo.
Muchos adultos mayores no se quejan tanto de sus dolencias o del desgaste del tiempo en su organismo pues viven la alegría profunda de compartir con hijos, sobrinos y nietos, con lo cual ya se sienten retribuídos observando el crecimiento y las habilidades de las nuevas generaciones.
No he cambiado mi tema. Reconozco que existe una grandiosa distancia entre una planta y una persona. Pero la alegría cálida que me ofreció la begonia de mis anfitriones me trajo al corazón el recuerdo de una noble mujer de 94 años, celebrando las pequeñas y grandes alegrías, y los triunfos o infortunios, convirtiendo a las familias que la rodean cada día en algo hermoso con su presencia y sabiduría.
Es probable que la muerte -que para muchos es desdicha- se convierta en una segunda etapa novedosa y feliz, surgida de la clave de que cada mañana se agradezca a Dios o a la vida sus aciertos y desencuentros, porque -bien lo debe saber mi amiga Zunilda- la vida con su trayecto cotidiano es el único milagro.

5 de agosto de 2010

COMPADRE, PONGA ATENCION

Después de mi trabajo pasé a comprar algunos cuadernos que suelo devorar en poco tiempo. Ya en el bus de regreso veníamos con el natural cansancio de la jornada terminada y  el deseo de ver pronto a la familia cuando sube un muchacho, cansado también, para ofrecer unas galletas chocolatadas. Su arenga poco convincente denotaba que presumía que su venta dentro del bus no iba a ser buena. Me doy cuenta que cercano a mi asiento venía otro joven, como él, que murmuraba cada vez que exponía su mercancía. Al pasar por su lado aborda al vendedor de galletas y le habla con un tono de cierta autoridad: Compadre, ponga atención. Cuando quiera ofrecer o vender algo se necesita que esté convencido de que lo que vende es rico y que a usted mismo le gusta, y que hará feliz a quien lo compre. Dígalo con ganas. ¿Está cansado? La gente a esta hora también lo está. Hágame caso y le va a cambiar la vida.
Descubro que este episodio es una gran lección de vida. No quiero añadirle nada más. Mañana voy a vivir con más entusiasmo.